Si no lo haces por ellos, hazlo por ti

En el año 2000, el químico neerlandés Paul J. Crutzen, premio Nobel de Química en 1995, propuso a la comunidad científica la sustitución del término Holoceno por Antropoceno...

En el año 2000, el químico neerlandés Paul J. Crutzen, premio Nobel de Química en 1995, propuso a la comunidad científica la sustitución del término Holoceno por Antropoceno para definir el impacto global que las actividades humanas habían tenido en los ecosistemas terrestres. En 2017, esta etapa geológica ya es una realidad: mientras el Reloj del Apocalipsis (Doomsday Clock) se acercaba otros treinta segundos a la catástrofe atómica en Chicago, nos quedamos sin argumentos para no aceptar que hemos cambiado el mundo a peor.

Este último año me he acostumbrado a hablar en público sobre ética animal. Las primeras veces, junto al nerviosismo, se unió un enfoque erróneo de la cuestión: «Lo que nos trae aquí», les decía, «son setenta años de agricultura y ganadería industrial». De este modo, quería explicarles cómo la humanidad acogió la infraestructura de los campos de exterminio y la aplicó al sector cárnico a medida que la población mundial seguía aumentando y, debido a la tecnología, obviando los procesos naturales que habían regido el planeta hasta la fecha —dando paso a una función eternamente asintótica de crecimiento poblacional y nunca más sigmoidea—, y cómo todo el horror que se perpetró contra republicanos, prisioneros de guerra, judíos, homosexuales o gitanos se infringía ahora a seres sintientes como las vacas, los cerdos o los pollos. No era solo cierta clase de muerte, que ya puede ser horrible de por sí, sino toda la industria de martirio que la precedía.

Entre los públicos más concienciados, aquellos que habían visto Earthlings Cowspiracyo que habían meditado unos segundos sobre aquella frase de Theodor Adorno que decía «Auschwitz empieza dondequiera que alguien mira un matadero y dice: son solo animales», tanto la parte ética de la charla como aquella otra centrada en la sostenibilidad, funcionaban. Sin embargo, era habitual que, sin el tiempo de exposición suficiente, muchos amantes de los perros no comprendiesen ni una palabra de por qué es erróneo ese especismo que nos aleja de cerdos degollados para hacer salchichas o visones despellejados para un retal de abrigo. Una visión que poco o nada tiene que ver con la filosofía de este blog, Nasua, pero que sí tiene mucha influencia en mi vida, por lo que, aunque no tengamos por qué estar en todo de acuerdo, me permitiréis la contextualización.

Entonces, me decía a mí mismo: «Nunca subestimes el poder de la ignorancia voluntaria», no desde una óptica clasista, sino como un modo de recordar que las personas seguimos distintos caminos porque aprendemos de distintos modos. Y pasábamos al plan B.

El plan B se articulaba en dos preguntas retóricas: la primera (¿cuántos de vosotros coméis carne y pescado cada día?) intentaba hacer consciente al público de la problemática del incremento en la producción de la industria cárnica y pesquera y de que esa producción depende de una masificación del proceso industrial y de que (otros) miles de millones de personas nunca coman. Pero, sobre todo, me permitía enfocar los dos principales problemas camino a esa deadline que los científicos marcan alrededor de 2050: la ganadería industrial es culpable de más del 50 % de las emisiones de gases de efecto invernadero (uno) y la huella hídrica asociada a la producción no es sostenible (dos). Estamos derrochando el agua, y, por ello, las guerras del futuro no estarán movidas por la invasión de territorios, sino por la escasez de recursos.

En los próximos años, además, este problema se agravará por tres grandes razones: la inserción de nuevos actores en el mercado (en concreto, China y la India, aunque también otros países de Oriente Próximo y Oriente Medio), el aumento de la población—se calcula que, en 2050, habrá 9.000 millones de personas en el mundo— y el incremento de dietas cárnicas, que seguirá aumentando en estos nuevos mercados y acuciando, todavía más, la brecha entre países ricos y pobres. Como conclusión, en treinta años, el aire en la Tierra será irrespirable y las reservas de agua potable inexistentes. No viviremos, o lo haremos dentro de una gran oligocracia global o, en un escenario que comenzamos a conocer como Neo Greeny que alude a un gran jardín fruto de la tecnología tras la destrucción de lo que nos queda de verdadera naturaleza en el Antropoceno.

Todo lo anterior tiene una conclusión lógica: cambiar nuestros hábitos de consumo e incrementar el intervencionismo de los estados en las economías neoliberales en lo que se refiere al sector alimentario; no obstante, por el momento, a solo tres décadas de alcanzar el periodo más catastrófico de la historiografía humana, ni los hábitos de consumo ni la conciencia colectiva han despertado: vivimos el presente, obviando totalmente el medio plazo. Como prueba tácita, tenemos la moderada repercusión del documental Before the Floodde Leonardo di Caprio, que, pese a ser gratuito y accesible a través de decenas de dispositivos, no ha conseguido alcanzar unos enormes niveles de audiencia —ni de inferencia entre el público americano, se puede concluir, tras la elección de Trump a finales de 2016—, si bien el cambio climático es uno de los temas más controvertidos del siglo XXI.

Esta es, pues, la primera barrera con la que el activismo de este siglo se encuentra: la falta de conexiones reales a través de las que crear conciencia para un verdadero nexo entra la emoción y la acción. Sin este, resulta imposible que Occidente dé ejemplo del necesario cambio de modelo que debe aplicar, entre otras, la industria alimentaria, así como de la búsqueda de nuevos patrones que sí funcionen en el medio y largo plazo: no se trata de acoger ni de imponer una ética vegetariana o vegana, sino de crear canales que limiten al máximo el sufrimiento y nos ofrezcan el tiempo suficiente para realizar un verdadero cambio por la preservación del planeta y de la humanidad entera1.

Todos estos conceptos pueden parecer colosales, catastróficos e incluso irreales, pero el deshielo de casi la mitad del Ártico o las emisiones de gases efecto invernadero —en España, también las últimas noticias de contaminación atmosférica y los recientes planes de actuación para las ciudades de Barcelona y Madrid— nos demuestran que no podemos, ni debemos, sacralizar la tecnología, porque puede ser que, esta, pierda frente a esta carrera contrarreloj.

Sé egoísta. Si no lo haces por ellos —por los animales, por los ciudadanos de países del Tercer mundo, por tus hijos—, hazlo por ti. Pero hazlo. Actúa.


[1] Puede que las ideas de estos dos últimos párrafos se acerquen mucho a las tesis neo-bienestaristas y ampliamente criticadas, por muchos veganos, de Peter Singer, pero no podemos olvidar que nos enfrentamos a un cambio a nivel global en el que miles de millones de personas todavía no apoyan el movimiento de liberación animal; por mucho que nos cueste aceptarlo, ese movimiento o cualquier otro no tiene ningún sentido si no conseguimos preservar agua y aire en el planeta más allá de 2050.

El texto original fue publicado en Blog Nasua el 8 de febrero de 2017.