¡Kaja…ntástico!

Una caja de seguridad goblin aparece en El Águila de Hierro, el zepelín que conecta Orgrimmar con la costa de Tuercespina. Allí, Zengu y Kroktar vuelven al servicio activo en la Avanzada Grom’gol, ajenos a los acontecimientos que enfrentan a la Horda y la Alianza en la cercana jungla.

Uno

El mensaje

¡Ale’hate del vudú!

Proverbio trol

 

I

El paquete se hallaba envuelto en una fina tela morada. Su contenido, fuera el que fuera, reposaba en una caja de madera de perfectas proporciones respecto a su tamaño, o bien parecía encontrarse anclado o acolchado. El recipiente contaba con una pequeña cerradura sobre la que Kroktar evitó pensar demasiado y, en consecuencia, se dispuso a partirla en dos con un poderoso juego de muñecas.

Desde su asiento, claveteado a conciencia contra la cubierta de madera de El Águila de Hierro, Zengu dejó caer el bastón de mando contra las falanges del orco e instintivamente detuvo la consiguiente patada directa a su cara anteponiendo su antebrazo derecho.

—¡Orco estúpido, hijo de un ogro calvo! —gruñó con el brazo magullado. —Es una caja de seguridad goblin: necesitas la llave adecuada. Probablemente tu mano estaría en Orgrimmar de nuevo.

Kroktar comprendió su estupidez y agradeció con silenciosa indiferencia la intervención de su compañero. Después, tomo asiento frente al trol y enmudeció un buen rato hasta que tomaron tierra.

Desde la altura que les concedía el dirigible en su descenso, se extendían ante sus ojos las verdes y frondosas arboledas de Tuercespina, cuna del imperio Gurubashi; al norte, la ciudad dormida de Zul’Gurub, al sur, los efectivos del Fuerte Livingston se desperezaban e iniciaban su entrenamiento marcial y en el centro de la región cientos de estacas de madera amenazaban los cielos y protegían la tierra conquistada por la Horda.

Volvían al frente, y la Avanzada Grom’gol era un sitio tan bueno como cualquier otro donde esperar al resto de su batallón. Además, Zengu había escuchado sobre la presencia de un exceso de raptores, lo que podía incomodar a cualquier bruto lamebotas, pero era una excelente ocasión para buscar unas cuantas crías en las que invertir el tiempo adecuado. El vínculo entre un trol y su raptor debe forjarse en la niñez, recordó para sí, y le pareció una excelente manera de matar dos pájaros de un tiro. Así que se encaminó a paso tranquilo hacia la posada, tomándose la licencia de apoyar el bastón en el pie de su compañero, pero esta vez Kroktar no replicó de forma tan impulsiva.

 II

¡A la mierda el rey! ¡A la mierda Ventormenta! ¡A la mierda el Fuerte Livingston!, gritó un enano cabreado que sudaba como un tigre dientes de sable a cuarenta grados. Sudar, matar, desollar y repetir, le habían dicho. Aquí es donde vais a convertiros en verdaderos soldados de la Alianza, recordaba. ¿Aceptaría Garrosh Grito Infernal a un enano? Si se afeitaba la barba, era casi tan feo como cualquier orco o trol Lanza Negra, incluso algo más que alguno excesivamente aseado.

Kelbur Martillotenaz se preguntó por duodécima vez aquella mañana por qué no había hecho caso a su pobre padre y se había quedado forjando herraduras en Yunquemar. Al instante, otra pantera se abalanzó contra el enano y recibió un puntapié en el abdomen y un tajo en la panza. Aquellas fieras solo rugían después del primer mordisco, al menos cuando tenían hambre y, cuando no, parecía resultar imposible encontrarlas.

“Flaco” Joe y “Apestoso”, el resto de su pequeño grupo, habían desertado hacía varias horas y, si tensaba su imaginación, podía verles en algún carro lleno de goblins del Cártel Bonvapor llegando a Bahía del Botín, e incluso en un barco dirección a Trinquete.

—¡Asquerosos hijos de un Hierro Negro! —gritó el enano dejando caer su martillo de guerra contra el cráneo de otra pantera— A una galera de esclavos del Cártel Pantoque les enviaba yo… —murmuró mientras desenvainaba, de nuevo, su cuchillo de desollar.

***

El orgulloso Capataz Krozvag patrullaba el límite occidental del Norte de Tuercespina junto a su pelotón —Iogg, el Tuerto, Til’wag, el Afortunado y Skroops—, preguntándose constantemente: primero, por qué tenía que aguantar a semejantes catetos y, segundo, si en las inmediaciones de la Avanzada Grom’gol había algo más que mosquitos, orcos estúpidos y raptores con los que Til’wag se apresuraba a intentar entablar amistad, o a besarles ese trasero rosáceo.

Los gritos de Kelbur contestaron a esa pregunta, aunque Iogg, el Tuerto, un ogro de dos metros quince de altura, no contento con ser el soldado con menos futuro de todo el destacamento de los Reinos del Este, también demostró ser el más estúpido.

—¿Quién gritar así? —preguntó.

Kelbur apartó unas hierbas cercanas al caudal del río y se dispuso a desatar las riendas de su cabra de montar de una palmera próxima al lago Nazferiti. Después, exclamó: Oh, demonios 

III

Los esclavos jabaespín movían sus pezuñas, encadenadas a pesados grilletes de hierro sin pulir. El Jefe de Guerra Garrosh Grito Infernal había decidido demostrar lo que una afrenta a la Horda podía suponer, y dos pelotones de brutos del Bastión de la Desolación a cargo del Gran capataz Krul Rompecráneos habían sido designados para escoltar a aquellas bestias desde los Baldíos del Sur hasta Orgrimmar. Luego, se produciría un cambio en sus competencias y pasarían al servicio activo en la capital durante todo el invierno.

El desgaste que las tropas de la Horda había producido, durante semanas, en el Alto del Honor había debilitado visiblemente a la Alianza, por lo que el camino que atravesaba el Cerro del Cazador volvía a ser transitado por tropas kor’kron desde El Cruce hasta más allá de Taurajo.

El Gran capataz Krul adecuó el paso de su lobo negro a los soldados de vanguardia; estos, mientras tanto, aprovechaban para ensañarse con algunos de los prisioneros y, haciendo uso de sus grandes hachas de batalla, les obligaban a acelerar la marcha sin tregua. De vez en cuando, Krul ponía algo de paz entre las filas de brutos y jabaespines y concedía un descanso a todos ellos.

A un día de marcha de la gran grieta que había dividido en dos los territorios de Los Baldíos, el orco dio el alto a la caravana de esclavos, y las fogatas empezaron a crepitar antes del atardecer al sur de La Hojarasca; allí, entre la maleza, no era difícil ocultar a un grupo de treinta o cuarenta hombres, siendo ellos no más de la mitad. Krul dejó a su montura cerca de la tienda con un cajón de carne a medio pudrir y se dirigió hacia el recodo de un gran árbol centenario. En ese instante, un soldado tauren terminaba de clavetear las picas de una de las tiendas de campaña de los oficiales y el orco lo reconoció sin problemas: era Thruum Cuernorojo, uno de los veteranos de Rasganorte. El druida debía haber sido repatriado con uno de los últimos convoyes del Fiordo, y así lo confirmo tras el saludo de rigor.

—Señor —interrumpió el tauren tras clavar la lona—, ¿es segura esta zona? Los soldados murmuran y cuentan historias acerca de extrañas plantas y otras criaturas…

—Soldado, pensaba que un veterano de la Puerta de la Cólera no temería a unos cuantos matojos y cervatos —contestó el orco, riendo.

—No, señor. No les temo —dijo el tauren, con algo de suspicacia que pasó inadvertida a su superior.

—Mejor, debemos recobrar fuerzas para intentar llegar mañana a El Cruce.

—¿Perdón, mi capataz? —el tauren no daba crédito: había más de noventa millas hasta El Cruce, y la mayor parte de los brutos iban a pie, escoltando a los prisioneros.

—Mañana… al caer el sol, atacaremos el Alto del Honor —informó el orco—. Victoria o muerte, soldado.

El veterano no pegó ojo en toda la noche y, a la mañana siguiente, todavía podía escuchar a aquellas criaturas deslizarse entre las ramas de los árboles y las tiendas del campamento. Thruum rezó a la Madre Tierra por la seguridad de todos, pero la Madre Tierra debió omitir las plegarias que el tauren ofreció por los esclavos jabaespín y los tres orcos del último turno de la guardia. Al amanecer, el Gran capataz Krul y otros cuatro brutos apartaban restos de algunas criaturas por cuyas venas, más que sangre, era savia lo que circulaba.

IV

Zalatk, el ayudante del posadero Thulbek, estaba ocupado escuchando las absurdas diatribas del Comandante Aggro’grosh, por lo que apenas se percató de la presencia del trol. Zengu, por su parte, se acomodó en una de las mesas y extrajo de sus bolsillos un pequeño fetiche de madera grabado. El objeto no levantaba excesiva suspicacia a su paso y, aun así, era curiosa la similitud con un ogro de dos cabezas. La figura del ogro se encontraba desarmada y, por la perfección de los trazos, cualquier observador habría jurado que se le había representado tuerto. Al menos eso pensó Zalatk, el cual se acercaba con higadillos de mono fritos y una jarra de cerveza caliente sin especiar.

Throm-ka —gruñó Zengu.

—Saludos, Zengu —contestó el orco.

—Los ánimos parecen haberse caldeado en el campamento a juzgar por la expresión del comandante —dijo el trol, señalando lo evidente.

—Se han avistado numerosas patrullas de la Alianza, tanto al norte como al sur. Parece ser que el asentamiento de los rebeldes ha empezado a trabajar con los humanos, mientras que el Fuerte Livingston ha incorporado nuevas tropas a sus efectivos —informó Zalatk.

Zengu empezó a devorar los higadillos con indiferencia, así que, sin mediar palabra, el tabernero volvió a su puesto. En el camino, Zalatk topó con la recelosa mirada de Aggro’grosh, quien dejó caer dos jarras de cerveza contra la barra y recogió unos documentos de la misma.

—Si llegan los nuevos reclutas, mándamelos de inmediato. Y no dejes que se emborrachen demasiado. Estoy harto de soldados que creen que desembarcan en Grom’gol  para unas vacaciones paradisíacas —inquirió al tabernero.

Tras ello, el comandante abrió la puerta de madera de un empujón y clavó una hoja arrugada en la entrada de la posada. LOK’TAR OGAR, MIEMBROS DE LA HORDA, se podía leer, todos los reclutas deben presentarse a su llegada en el cuartel de intendencia.

Zengu, en cambio, decidió que no había visto nada, y subió a una de las habitaciones a echar un sueñecito. Al fin y al cabo, Tuercespina seguiría estando allí para cuando abriese los ojos. O no. Por él, podían irse todos al diablo.

V

El agente John Gotthelm, sargento de la tercera división del aire de Ventormenta y miembro en activo del IV:7, desenvainó sus hojas gemelas y recordó durante un breve instante las palabras de su superior: “Si logran abatirle, el IV:7 y cualquier otro organismo del Reino negará toda implicación. Si ha sido adiestrado adecuadamente, asegúrese de fallecer con honor y sin dejar cabos sueltos.”

Después saltó desde la Torre del Zepelín del Este, en Orgrimmar, hacia la proa de la nave recién atracada. El silencio era tal que juró oír cómo un bruto arrugaba el morro durante su ronda. Chafarote le había indicado correctamente: gran parte de las defensas que Garrosh había desplazado a Tirisfal para vigilar a la Reina alma en pena, amén de los efectivos que todavía desfilaban entre la Tundra y el Fiordo de Rasganorte, obligaban a alargar las guardias de los soldados y el terreno que debían cubrir dentro de la capital. Ese descontrol había permitido al humano infiltrarse por el Paso del Oeste, desde el bosque de Vallefresno hasta los vastos campos de entrenamiento kor’kron, el mercado y el Valle de la Fuerza.

La cubierta del zepelín se llenó en pocos minutos de cajas de madera con suministros y armamento de guerra, Gotthelm aprovechó el descontrol para deslizarse entre las sombras y perderse en dirección a los camarotes de babor. Lejos de miradas indiscretas, se permitió un suspiro e intentó relajar su respiración y los latidos de su corazón. El sudor se filtraba a través de los guantes de cuero, mientras el agente del IV:7 no podía evitar preguntarse, de nuevo, por qué demonios no había iniciado la ruta de regreso a la jungla de Tuercespina.

Escrutó sin demora el comedor desde las escaleras y escuchó voces a su espalda. La sala se componía de unas cuantas mesas de madera claveteadas sin pasión contra el suelo y unos extraños dispositivos de indescifrable ingeniería goblin, pero cuando quiso pensar en el siguiente paso, sus piernas se habían lanzado contra el hueco de la escalera, rehuyendo a los viajeros del convoy de la Horda.

—Nosotros somos la VERDADERA Horda, goblin. Los orcos de Grito Infernal; haríais bien en comprender cuál es vuestro sitio y apoyar la causa del Jefe de Guerra, amiga —dijo un orco a escasos dos metros del pícaro. Su apariencia era imponente, ataviado con una cota de malla y protecciones de metal de la cadera hasta los pies, blandía en todo momento un mandoble con el mango oxidado, con el que apuntó en reiteradas ocasiones hacia su interlocutora.

La goblin miró con suspicacia a su acompañante y, tras un prolongado silencio, agregó: “Lo que usted diga, Capataz Rhazgohr, tío.” El orco asintió, notablemente conforme, y se alejó hasta desaparecer de la vista de Gotthelm.

Por el contrario, la joven piel verde colocó su trasero en una silla de madera y se descalzó, colocando sus pequeños pies encima de la mesa; después, cerca de sus pinreles, extendió un pequeño cayado y su bolsa de viaje, y el pícaro se dijo para sí: Tiene que ser ahora, y se lanzó contra la espalda de la mujer, visualizando un golpe certero que atravesase esa piel verdosa que tenía ante él.

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