Hace unos días, veía las stories (en Instagram) de una compañera, educadora canina madrileña, que hablaba sobre cómo no podía creerse el «ghosting laboral» que sufría en la educación canina. Os animo a echarle un ojo a un reel que subió después.

«Si no nos gusta en las relaciones, tampoco en el trabajo», decía Antonella, con más razón que una santa.

Y es cierto, aunque esto no es algo exclusivo del mundo del perro. El ghosting ocurre tras las entrevistas laborales (por cierto, es «gracioso» que las empresas se estén quejando de que la generación Z les haga el vacío: un vacío que institucionalizaron las propias empresas), en la oficina, en las redes, en las relaciones… También hacia los emprendedores, cuyo perfil es delicado.

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Ghosting laboral en el mundo canino

Por eso, el mundo del perro es un buen caldo de cultivo para ghostear: porque casi todos somos autónomos que intentamos dar un servicio personalizado. Así que, cuando desaparece un cliente tras otro, hay situaciones más complejas de gestionar en esta tesitura, en cambio, a una multinacional se la repampinfla.

Vale, tampoco es eso, pero el margen de maniobra es muy distinto.

Se suma un maremágnum de información y que la capacidad de impactar se ha limitado mucho, muchísimo.

En paralelo, la gente busca experiencias más personalizadas, se las dé una persona real o una inteligencia artificial. Si el trato se da de forma relevante y auténtica, el pescado está vendido: yo mismo, estoy ordenando ideas con ChatGPT para este post. El emprendedor, en cambio, no siempre tiene los recursos para establecer procesos de automatización tan chulos. La gran empresa es probable que pueda hacerlo mejor, más rápido y asumiendo mayores riesgos.

Aquí es donde la pescadilla se muerde la cola: por un lado, la necesidad de rapidez, el «ahora», el «YA», se une a la demanda de que todo cuadre a las mil maravillas conmigo. Muchas pymes y emprendedores, en particular, están atrapados en esta dinámica:

  • Por un lado, deben lidiar con la presión de producir contenido a toda mecha, lo que lleva al uso de plantillas, mensajes predefinidos e información genérica
  • Por el otro, nos encontramos con una audiencia que, cada vez, busca más autenticidad y personalización

En medio, la gente intentando ganarse sus suelditos y (a menudo) sin una propuesta definida: ¿qué puedo permitirme dar?, ¿qué se me come todo el margen de beneficio?

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Las cartas que nos han dado

Ahora entra en juego el ghosting en el ámbito laboral: alguien recibe una respuesta que no le interesa y opta por desaparecer. Esto no cambia nada, ni la primera, ni la décima vez. No obstante, cuando un porcentaje notable de tus leads se pierden por el camino, toca replantearse cosas. ¡Y ojo! Por supuesto que aquí hay un buen margen para la mejora por parte del profesional, pero la dinámica de «desaparezco» sin decir ni mú, no ayuda a mejorar procesos, ni puede permitírsela cualquier negocio.

Poco a poco, el emprendedor empieza a automatizar mensajes, lo que puede no gustar al potencial cliente. A veces, esto se traduce en enviarte a la página de precios; otras a su agenda en Calendly, «y ya hablamos en sesión». En mi caso, no conozco la respuesta correcta para enfrentar un desafío como este: ¿automatizar y limitar sí o sí el proceso? Yo he decidido buscar un equilibrio: reservo un par de horas a la semana para llamadas y contesto mensajes para resolver dudas antes de reservar sesiones. Pero también envío a la gente a la página de tarifas y limito conversaciones a la reunión pactada y pagada, que es la sesión de valoración o trabajo.

¿Entonces? ¿No es ghosting laboral? ¿Se trata de un modelo de negocio deficitario o poco flexible y ya está? ¿La gente no sabe adaptarse al mercado?

Bueno, por un lado, coincido en que se arreglaría si la empatía dominase la cosa; si todos fuésemos un poco más transparentes, respetuosos y empáticos entre nosotros. Pero esto es hacernos trampas al solitario: si el mundo fuese distinto… qué felices viviríamos todos, pero no lo es: habrá que ver cómo ganamos la partida con las cartas que nos han dado. Y, aun así, creo que no podemos obviar el componente social, humano, propio del sector: estás hablando de perros, de perros con problemas, de familias con perros con problemas, no de coches y lavadoras: igual que quieres empatía por parte del profesional, debería ser obligado mostrar la misma deferencia hacia esta personas.