Una carretera hecha de letras

Hoy, esa carretera comprobará como el deseo y la tenacidad son suficiente para seguir avanzando; verá cómo un barbudo tarado mezcla una buen puñado de asfalto con las manos desnudas, y temblará.

Hay portazos que duelen y otros que alivian. No importa si te dedicas a la fontanería o al marketing digital: eso es igual en todas partes. Sin embargo, cuando sabes que llegan aires de cambio, no es sensato eludir su llamada. Algo así ocurrió en Vorágine, que fue mi casa durante más de seis años, y también mi trabajo, y el de mi pareja, y el de muchas otras personas que se unieron a nosotros. Aquello fue uno de esos proyectos que, en un inicio, contaban con unas ansias incontrolables de devorarlo todo: de probar todo lo aprendido, de transgredir las líneas, de hacer las cosas distintas, de mejorar todo aquello que rechinaba bajo nuestros pies… y como todo primer gran proyecto, a veces, también de construir una casa desde el tejado. En mi defensa diré que nunca nos dio apuro soltar un par de mazazos en los pilares que soportaban el proyecto y volver a empezar: así es como uno aprende; trabajando, probando, acertando, equivocándose, creciendo… y manteniendo dentro de sí la llama que te empuja a seguir buscando tu camino.

Y un día —no sé cuál—, encontramos ese camino. Para mí, siguió siendo la escritura, pero la escritura que sale del pecho, que te remueve las tripas y te hace apretar los dientes hasta que te sangran las encías; la escritura que te revienta la caja torácica para gritarle al mundo que está ahí, que es como es, y que no va a ser como tú o cualquier otro Fulano quiere, porque es libre, porque es emocional, porque tiene vida propia, y, bueno, puede que os entendáis, que miréis en la misma dirección, que forméis equipo, pero, ¡oh, dios!, no tengas los santos cojones de creer que vas a poder doblegar su espíritu.

Supongo que ahí acabó Vorágine, y empezó otra etapa. Una etapa donde la escritura se ha convertido en un vehículo con el que viajar a través de la publicación de mi primer libro (De cómo los animales viven y muerenDiversa Ediciones, 2016), de letras propias que se cuelan en prensa, en blogs, en despachos de grandes nombres con decoración nórdica y un iris acostumbrado a juzgar rápido, de proyectos imposibles que salen, porque son asombrosos, y buenos, y necesarios —como Conectadogs— y del firme deseo de seguir pavimentando con letras una carretera entera que traspasa el marketing, la narrativa y la prensa escrita, y se asienta en lo único que nunca me ha fallado: la escritura.

Hoy, esa carretera comprobará como el deseo y la tenacidad son suficientes para seguir avanzando; verá cómo un barbudo tarado mezcla una buen puñado de asfalto con las manos desnudas, y temblará.

Blogger animalista, escritor y redactor digital. Escribir no es solo juntar una palabra con otra, es una forma de comprender, crear y recrear el mundo.

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